Regularmente, muy regularmente, me pasan cosas buenas. Soy parte del 9 o casi 10% que ostenta un grado universitario. Estudié lo que quise. Nunca me han asaltado. Amo a mi familia y no tengo ningún rollo extraño con mi infancia, aunque fui una niña muy rara. Tengo un trabajo que me encanta y un buen novio que me ayuda con todo y que veo muy guapo. Cada vez que he olvidado el celular, me lo han devuelto (esto ha pasado en buses, taxis, aulas, baños, etc). Siempre olvido las llaves pero alguien encuentra la forma de ayudarme y nunca he quedado puerta afuera, entre otras muchas cosas buenas. Cuando algo parece que va a salir mal, siempre se resuelve.
Entonces, tengo un optimismo que a veces resulta molesto.. A mí todo me sale bien o por lo menos esa es la conclusión de mi novio, quien tiene un poco de envidia de mi buena suerte.
Hoy estuve a punto de perder mi optimismo mientras caminaba por el Paseo Colón bajo la lluvia, con sólo 150 colones en la bolsa y a sólo 15 minutos de que cerraran el banco. Ya estaba cercana a llegar y todo habría salido bien, aún en las peores condiciones. Había sobrevivido el día con aproximadamente 1500 colones y sin la tarjeta de débito. Había logrado llegar de La Uruca a San José en bus en menos de 30 minutos. Había podido llegar al banco a pesar de haberme equivocado de parada y de haberme bajado unos 600 metros antes, todo por no reconocer la parada debido a la lluvia. Todo esto sin sombrilla.
Las cosas me salieron bien, una vez más. Pero tenía la cólera y tristeza de las personas que no tienen sombrilla en una lluvia como la de hoy. La lluvia como que no sólo llena de agua, sino que con cada gota aparecen las preocupaciones. Mi cabeza se inundó de toda clase de preocupaciones banales que bajo un aguacero son gravísimas. “Que no estoy al día con la Caja, que si no termino lo que debo entregar mañana, que no tengo carro, que ni siquiera se manejar, que se me va a dañar el bolso, que no he arreglado el desperfecto del calentador, que me va a tocar llegar empapada y me voy a tener que bañar con una parte de agua fría y otra caliente, que estoy cansada, que mañana me va a tocar ponerme tacones porque en esta semana los flats se mojaron…"
Pero todo había salido bien. Ya faltaba un poquitín y tendría mi historia de Barbara Blake en la ciudad. Sabía que iba a contarle mi éxito del día Mariano, el celoso de mi suerte, y sabía que lo mataría de envidia con mi historia.
Pero pasó algo todavía mejor, sólo a 200 metros de mi meta (la entrada al banco). Apareció Víctor, el señor guarda de la tienda de ropa íntima Geordi y hasta hoy un desconocido. Él, sin yo pedírselo, compartió la sombrilla conmigo y parecía estar muy feliz de ayudar a alguien, aunque de seguro debía estar más cansado que yo. Me contó de su trabajo, con una sonrisa y me prestó un paño limpio para que me secara antes de entrar al banco. Don Víctor hizo que todo saliera realmente bien. No es suerte, no es optimismo, es gente linda que yo me topo. Es mucha gente linda que todos nos topamos. No hay heroína de desodorante ¡hay muchos Víctor!
Hoy tengo el odioso optimismo de las personas que creen en la humanidad.
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