Adobar recuerdos es llenar de magia y colores las situaciones bellas que ya pasaron pero que todavía podemos llenar de olores especiales, resaltar emociones y ponerle la sazón necesaria para sentirnos más alegres de haberlas vivido. Y así dejar todos esos recuerdos sabrosos y en su punto. Se trata de vivir de forma que cuando recordemos no tengamos que ocultar el sabor natural de los momentos, sino sólo adobarlos con ingredientes naturales.

sábado, 15 de agosto de 2009

Dios te salve, Reina y Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra.

Todas las personas tienen recuerdos “especiales” esos que se recuerdan con los cinco sentidos. El rosario con mi abuela es uno de estos recuerdos. No el de la tía que incluía ceviche o vigorón y además helado para los niños. Ni el de la vecina que le reza a todos los muertos y donde el olor a picadillo de papaya recién hecho acompaña la oración.

Me refiero al rosario matutino de la abuela. Ese donde no apremiaban luego.Que momentos de tortura para mí. Pero primero, lo primero: encomendar el rosario a todos los descendientes de mi abuelita. Ese rato era para mí pensar en que podía estar viendo alguna fábula mañanera en la sala en vez de nombrar a familiares conocidos y desconocidos.
“Por Rogelito que maneja tan rápido cuando viene de San José con Lucita…Por Lucita que está tan preocupada con los asuntos del negocito…Por Patricia. Por Fanny. Por Rodrigo. Por Marinita…”

Y así entre fulanito, menganita y muchos de mis bostezos iniciaba mi aburrimiento. Antes de un par de oraciones de ritual y después de las tres “Ave María Purísima… Sin pecado concebida” empezaba la peor parte. La repetidera de Padres nuestros y de Dios te salve maría.Recuerdo que una vez en un arranque de cólera y de cansancio por estar de pie, ya más de una hora, mi herejía se mostró.
“¡Pero ni que Dios fuera tonto! ¿Por qué hay que repetirle eso tantas veces? Yo creo que con una vez él entiende.”
Muy mala idea eso de jugar de niña rebelde, me costó dos rosarios más: uno para pedir perdón a Dios por “semejante pecao” y otro para aprender a rezar con devoción.

La única parte que me gustaba del ritual católico este, eran las letanías.

"Estrella de la mañana… ruega por nosotros.
Puerta del cielo… ruega por nosotros
Casa de la alianza… ruega por nosotros
Torre de marfil… ruega por nosotros"

Claro me gustaban porque anunciaban el final de la rezadera, aunque también me agradaban porque era material para mi imaginación. Allí de pie, frente a la ventana y con ese olor a mirto e incienso, no veía la realidad (un campo de pasto y muchos carros pasar) sino que veía inmensa la torre de marfil, la bellísima casa de la alianza, la increíble casa de oro y así volaba mi imaginación mientras se acababa la única parte horrible de estar en casa de mi abuela. Después de eso todo serían risas, cuentos, comida, canciones, helados y leyendas eso sí hasta las cinco de la tarde cuando tocaba volver a rezar.

Debo confesar que nunca aprendí a rezar el rosario, que todavía para mí es la misma tortura de hace 15 años. Pero luego de la muerte de mi abuelita, cada vez que escucho el tono singular de la rezadera del rosario sólo escucho su voz y cuando quiero sentirla cerquita pregunto en la iglesia a qué hora es el rosario y llego (sin la devoción que nunca aprendí) pero con la certeza de que allí estará mi abuelita para mí.

lunes, 1 de junio de 2009

Del cuento del que salí (un autorretrato a los 22)



Había una vez en un pueblo cañero, llamado Chapernal, una familia de peones de haciendas azucareras. El papá de esta familia se dedicaba a la zafra y la mamá cocinaba en la fonda de los peones. El nombre del segundo de los once hermanos es: Arbin.


En este pueblo pocos terminaban la escuela. Pero, Arbin tuvo la oportunidad de terminar el colegio, ya que su abuela lo acogió con tal de disminuir los gastos de la familia. Viviendo allí, había colegio cerca y pudo ir. Cuentan, que por lo vago que era ese muchacho, el estudiar fue para él un gran esfuerzo. En los últimos años del colegio se unió a la Juventud Vanguardista y al terminar el colegio anunció que partiría a Rusia con una beca "del partido". Después de un año volvió y trabajó como activista, año y medio, en la zona bananera del sur del país. Luego, con el partido venido a menos, la falta de presupuesto y tras varios días de muy mal comer; el joven matriculó una carrera que le desinteresaba en Puntarenas a cambio de una beca y residencia.


Allí conoció a Maritza: una joven de su edad, muy conversadora. Esta joven, descendiente de un trabajador de atunera y una muy buena cocinera; es sumamente trabajadora apasionada bailarina y una excelente fiestera. Ella cada vez que veía a Arbin jugaba con su pelo y sonreía con gran emotividad. Maritza en su niñez fue muy reprimida por su conservador padre, pero eso la hizo cambiar y ser una joven segura y decidida. Ella le conversaba a Arbin sobre su trabajo y lo interesada que se sentía en la administración portuaria, en estudiar otras disciplinas, en subir de puesto, y en tener un negocio propio.


Tanta motivación hace que Arbin repiense sus rumbos y también que se enamore de esa seguridad y determinación. Maritza entre asustada y feliz, resuelve formar un hogar con Arbin. Es así, como Arbin decide estudiar educación y responderle que sí a Maritza. Poco después de un año nace Diana.


Ella fue criada por el serio carácter de su papá y por la forma divertida de ver la vida de su madre. En vez de ser una niña frustrada por tanta diferencia aprendió que la vida es bella y que lo bello de ella está en las diferentes formas de sentir y de creer. Diana es independiente, entre otras razones, porque le tocó aprenderlo cada mañana al levantarse y alistarse sola en las mañanas mientras su mamá y su papá corrían para llegar temprano al trabajo. Ella cree en la superación personal porque su mamá le enseñó a que cada persona es dueña de su vida y que las propias decisiones son el futuro. Pero, Diana cree también en la importancia de entender la realidad en la que vive y sus limitantes para poder actuar sobre ella, ya que su papá le enseñó que la situación económica y otros contextos no son culpa de una decisión si no de un sistema. Y lo más importante que Arbin y Maritza le enseñaron a Diana es el amor a la familia.


Pero sólo Arbin y Maritza no enseñaron a esta joven. Diana entendió que no todo le pertenece cuando nacieron sus hermanos, junto a ellos aprendió a pelear y también a compartir. Diana de la iglesia aprendió la mucha y la poca importancia de las prácticas católico-cristianas. De de los novios aprendió lo bello y lo difícil de amar a una pareja, de sus amigos la importancia del respeto y la tolerancia. En el colegio se interesó por conocer a la gente más que a los contenidos de los programas de educación, eso explica la falta de buenas bases en la educación de Diana. A esta muchacha le interesaba más trabajar como secretaria y ser estudiante de medio tiempo pero sus padres insistieron en que repensara la gran oportunidad que es ser estudiante de tiempo completo y en una universidad pública. Es así como Diana entró a la universidad, se fue a vivir a San Pedro, estudia comunicación y es una mantenida. En la universidad Diana ha aprendido teorías y metodologías, pero también esta etapa de su vida le ha permitido conocer gente que ha moldeado su forma de ser y que han calado en su personalidad.


Diana no es tan buena a como hasta acá cuenta esta historia. Esta joven también tiene características no tan positivas. Ella es poco disciplinada, le teme a hablar frente a muchos desconocidos y es sumamente despistada. Después de un poco menos de 22 años de vida Diana no sabe exactamente como relatarse y describirse pero si sabe que cosas le agradan y que no. Diana le teme a los perros, a la velocidad porque la marea, al frió que la hace sentirse sola, al egoísmo que marchita a las personas. Odia el deporte y las peleas porque ambas cosas la hacen sentirse cansada. Diana ama los días en familia, la cocina, el mar, los mariscos, los labiales, los colores y los abrazos.