Me refiero al rosario matutino de la abuela. Ese donde no apremiaban luego.Que momentos de tortura para mí. Pero primero, lo primero: encomendar el rosario a todos los descendientes de mi abuelita. Ese rato era para mí pensar en que podía estar viendo alguna fábula mañanera en la sala en vez de nombrar a familiares conocidos y desconocidos.
“Por Rogelito que maneja tan rápido cuando viene de San José con Lucita…Por Lucita que está tan preocupada con los asuntos del negocito…Por Patricia. Por Fanny. Por Rodrigo. Por Marinita…”
Y así entre fulanito, menganita y muchos de mis bostezos iniciaba mi aburrimiento. Antes de un par de oraciones de ritual y después de las tres “Ave María Purísima… Sin pecado concebida” empezaba la peor parte. La repetidera de Padres nuestros y de Dios te salve maría.Recuerdo que una vez en un arranque de cólera y de cansancio por estar de pie, ya más de una hora, mi herejía se mostró.
“¡Pero ni que Dios fuera tonto! ¿Por qué hay que repetirle eso tantas veces? Yo creo que con una vez él entiende.”Muy mala idea eso de jugar de niña rebelde, me costó dos rosarios más: uno para pedir perdón a Dios por “semejante pecao” y otro para aprender a rezar con devoción.
La única parte que me gustaba del ritual católico este, eran las letanías.
"Estrella de la mañana… ruega por nosotros.
Puerta del cielo… ruega por nosotros
Casa de la alianza… ruega por nosotros
Torre de marfil… ruega por nosotros"
Claro me gustaban porque anunciaban el final de la rezadera, aunque también me agradaban porque era material para mi imaginación. Allí de pie, frente a la ventana y con ese olor a mirto e incienso, no veía la realidad (un campo de pasto y muchos carros pasar) sino que veía inmensa la torre de marfil, la bellísima casa de la alianza, la increíble casa de oro y así volaba mi imaginación mientras se acababa la única parte horrible de estar en casa de mi abuela. Después de eso todo serían risas, cuentos, comida, canciones, helados y leyendas eso sí hasta las cinco de la tarde cuando tocaba volver a rezar.
Debo confesar que nunca aprendí a rezar el rosario, que todavía para mí es la misma tortura de hace 15 años. Pero luego de la muerte de mi abuelita, cada vez que escucho el tono singular de la rezadera del rosario sólo escucho su voz y cuando quiero sentirla cerquita pregunto en la iglesia a qué hora es el rosario y llego (sin la devoción que nunca aprendí) pero con la certeza de que allí estará mi abuelita para mí.